Fito Paez conciertos en Colombia

Fito Páez y el concierto como campo de batalla

La escena ocurrió hace apenas unos días en Buenos Aires: Fito Páez salió al escenario y, en lugar de arrancar con los clásicos que el público esperaba, decidió abrir el concierto interpretando de principio a fin Novela, su álbum de 2025. La reacción no tardó en llegar: silbidos, abucheos y un ambiente dividido entre quienes querían escuchar y quienes sentían que no era lo que habían ido a ver. No fue un gesto improvisado ni un capricho del artista; Páez había anticipado que el show estaría centrado en despedir ese disco antes de presentar su siguiente trabajo, Shine. Aun así, parte del público no estaba dispuesto a entrar en ese juego.

Más allá del episodio puntual, lo que pasó abre una conversación mucho más amplia sobre el estado actual de los conciertos. Algo parece haberse transformado en la relación entre artistas y audiencia. Durante mucho tiempo, asistir a un recital implicaba una disposición casi natural a la sorpresa: el escenario era territorio del músico y el público se entregaba a lo que allí ocurriera. Hoy, en cambio, esa relación parece más tensa, más condicionada. El espectador llega con una idea muy clara de lo que espera recibir y, si no sucede, la frustración aparece rápidamente.

Hay una lógica que atraviesa este cambio y tiene que ver con el contexto en el que se consumen los conciertos: entradas cada vez más costosas, sobreoferta de eventos, competencia por el tiempo y el dinero del público. Ir a un concierto ya no es una decisión espontánea, es una inversión. Y como cualquier inversión, viene acompañada de expectativas concretas. El problema es que esa lógica, trasladada al arte, puede reducir la experiencia a algo predecible, casi transaccional: pago por escuchar lo que ya conozco.

En ese escenario, lo nuevo incomoda. No necesariamente porque sea malo, sino porque rompe el pacto implícito que muchos esperan: cantar, corear, revivir lo vivido. Por eso el gesto de Fito Páez resulta tan revelador —y, en cierto sentido, tan valioso—. Estamos hablando de un artista que lleva más de cuatro décadas de trayectoria, que podría sostener sin problema una gira basada únicamente en sus grandes éxitos, y sin embargo decide hacer lo contrario. Decide incomodar.

Novela, lanzado en 2025, no es un disco cualquiera. Es una obra conceptual, una especie de ópera rock que empezó a gestarse desde finales de los años ochenta y que terminó convirtiéndose en un proyecto ambicioso y narrativo, de largas piezas conectadas entre sí. Es el tipo de álbum que exige tiempo, atención y apertura. Y, sin embargo, en medio de una industria que privilegia canciones inmediatas y consumos rápidos, Páez eligió presentarlo completo en vivo, como fue concebido.

Y lo más interesante es que no se detuvo ahí. Este año, 2026, presentó Shine, un nuevo trabajo de estudio con 13 canciones que mezclan rock, R&B y soul, y que reflexiona sobre la desconexión emocional del mundo actual y la necesidad de recuperar la empatía. Es decir, no solo mira hacia atrás, sino que sigue produciendo, escribiendo, reaccionando al presente. Sigue siendo un artista en movimiento.

Por eso la escena de los abucheos resulta, además de polémica, profundamente simbólica. Porque plantea una tensión muy clara: ¿para qué sirve hoy un concierto? ¿Es un espacio para reproducir el pasado o para experimentar el presente de un artista? La respuesta no es sencilla, porque ambas cosas conviven. El público también va a reencontrarse con canciones que forman parte de su historia. Pero cuando esa expectativa se vuelve dominante, cuando lo único que se valida es lo conocido, el riesgo es que el concierto pierda una de sus dimensiones más importantes: la posibilidad de descubrir.

El caso de Fito pone en evidencia que hay algo que se está desplazando. El público, en muchos casos, ha pasado de ser un oyente dispuesto a un cliente que exige. Y en esa transición, lo nuevo queda en una zona incómoda. No se le da el tiempo, ni el espacio, ni la escucha que necesita. Se mide con los mismos parámetros que los clásicos, pero sin haber tenido la oportunidad de convertirse en ellos.

En medio de todo esto, la llegada de Fito Páez a Colombia en junio adquiere una dimensión especial. Su gira “Sale el Sol” lo traerá de nuevo al país, con presentaciones el 5 de junio en Cali, el 6 en Manizales, el 9 en Medellín y el 12 de junio en el Movistar Arena de Bogotá. Hace tiempo no recorría varias ciudades colombianas en una misma gira, y lo hace en un momento en el que sigue produciendo música, arriesgando, proponiendo.

Ahí hay una oportunidad interesante para el público. No solo para reencontrarse con canciones que ya son parte del ADN del rock latinoamericano, sino también para escuchar qué está diciendo hoy uno de sus grandes compositores. Porque en el fondo, de eso se trata también el concierto: de aceptar que el artista no es una fotografía congelada, sino un proceso en movimiento.

Tal vez la reflexión final pasa por ahí. En una época en la que todo parece diseñado para confirmar lo que ya nos gusta, la música en vivo sigue siendo uno de los pocos espacios donde todavía puede aparecer lo inesperado. Pero para que eso ocurra, hace falta que el público también esté dispuesto a soltar un poco el control, a escuchar sin anticipar, a dejarse llevar.

Fito Páez, con sus decisiones, sus discos nuevos y sus riesgos, sigue apostando por ese camino. Y quizá, más allá de los silbidos de una noche puntual, lo que realmente está en juego es si todavía queremos que los conciertos sean un lugar para el arte… o si preferimos que se conviertan en un catálogo de certezas repetidas.

Columna para ADN Mayo 26 de 2026 – Sonidos y Silencios por @Memoospi