La quinta edición del Festival Cordillera dejó una conclusión: los clásicos continúan siendo el centro de su relación con el público. Durante dos días, el Parque Metropolitano Simón Bolívar reunió rock, pop, salsa, reggae y sonidos urbanos, pero fueron las canciones instaladas en la memoria colectiva las que produjeron los encuentros más visibles entre las tarimas y los asistentes.
Los conciertos de Andrés Calamaro y Caifanes, así como el homenaje a Pau Donés y Jarabe de Palo, mostraron la vigencia de repertorios que han acompañado a varias generaciones. No hacía falta conocer cada disco ni seguir el presente de cada artista. Bastaban las primeras notas de una canción para activar un coro, un recuerdo o una historia personal. Ese parece ser uno de los acuerdos que Festival Cordillera ha establecido con su público: ofrecer un lugar para regresar a la música que ha formado parte de la vida de sus asistentes.
La nostalgia no debe entenderse aquí como una falta de futuro. También puede ser una manera de conservar canciones y ponerlas en contacto con personas que no vivieron su lanzamiento. Un festival permite que una obra deje de pertenecer exclusivamente a su época. Los clásicos se mantienen porque encuentran nuevos cuerpos que los cantan y nuevas circunstancias que modifican su significado.
La presentación de Ricky Martin también ayudó a ampliar el alcance del festival. Su espectáculo reunió repertorio, baile, producción y manejo del escenario ante un lleno en la tarima principal. Más allá de las preferencias musicales, su presencia eleva la escala de Cordillera y demuestra que el pop latino puede ocupar el cierre de un evento que nació con una asociación más directa con el rock en español.
Shows de este nivel le dan otro estatus al festival. No solo por el reconocimiento del artista, sino por lo que exigen en producción y puesta en escena. Además, amplían el significado de la música latinoamericana dentro del cartel. La historia de la región no se ha escrito únicamente desde las guitarras. También está en el pop, la salsa, el reggae, el funk, el vallenato, la canción de autor y las músicas urbanas.
La tarea pendiente está en consolidar un acto principal colombiano capaz de dialogar con todo ese público. Beéle ocupó uno de los espacios centrales del sábado, pero su presentación quedó debiendo en conexión con buena parte de los asistentes. Su música puede representar a un público joven y su presencia responde al interés del festival por incorporar sonidos recientes, pero todavía no parece tener el repertorio transversal necesario para liderar una jornada frente al grueso de la audiencia de Cordillera.
Esto no significa que el festival deba renunciar a artistas nuevos. Al contrario, necesita seguir invitándolos para no convertirse en una celebración limitada al pasado. El reto está en encontrar una transición entre generaciones, reconocer qué propuestas recientes pueden sostener una tarima principal y construir las condiciones para que un artista local llegue a ese lugar con algo más que cifras de reproducción.
Festival Cordillera debe continuar explorando la diversidad de los sonidos latinos. Puede seguir explotando la nostalgia y los clásicos, porque allí existe una conexión que el público busca, pero también debe utilizar esa convocatoria para presentar músicas que todavía no tienen el mismo reconocimiento. El descubrimiento funciona mejor cuando aparece al lado de una canción conocida.
La edición de 2026 confirmó que volver a escuchar un clásico frente a miles de personas sigue siendo una razón para asistir. También recordó que el futuro de Cordillera dependerá de su capacidad para incorporar el presente sin romper ese vínculo. Entre la memoria y el descubrimiento está el camino que el festival debe seguir recorriendo: conservar las canciones que todos quieren cantar y, poco a poco, ayudar a que otras empiecen a ocupar ese lugar.
Columna para ADN Septiembre 15 2026 – Sonidos y Silencios por @Memoospi

