Columna sobre concierto de my chemical romance en Bogota

My Chemical Romance y el retorno de una forma de catarsis

Durante los primeros años del siglo, My Chemical Romance apareció en un momento en el que el rock alternativo mostraba señales de transformación. Mientras algunas bandas buscaban distancia de la estética emocional que marcó finales de los noventa, otras la asumían como vehículo narrativo. My Chemical Romance tomó ese camino con una propuesta que combinó relatos personales, referencias a la cultura popular y una puesta en escena cercana al teatro rock.

Su historia siempre ha estado ligada a una idea de reconstrucción. La banda nació en Nueva Jersey poco después de los atentados del 11 de septiembre, cuando Gerard Way decidió que el arte podía convertirse en un modo de digerir una realidad que, para muchos, había perdido sentido. Ese impulso inicial definió no solo el tono de sus letras, sino también su relación con un público que buscaba un espacio para examinar emociones intensas sin la necesidad de sofisticación formal.

Con el tiempo, My Chemical Romance se ubicó en una zona singular del mapa musical. Su sonido no respondió a una sola tradición: tomó elementos del punk, del rock alternativo y del pop oscuro, siempre con una narrativa que funcionaba como columna vertebral. Más allá de la etiqueta “emo”, que durante años se usó como caricatura de una generación, su propuesta se acercó a la idea de una obra conceptual. Cada álbum se pensó como un relato cerrado, con personajes, atmósferas y una secuencia dramática que los distanciaba del formato habitual de banda de radio.

El regreso del grupo, tras varios años de silencio, coincidió con un fenómeno más amplio: la reaparición de proyectos que marcaron la adolescencia de quienes hoy bordean los treinta y los cuarenta. No es solo nostalgia. Las audiencias actuales parecen buscar experiencias que permitan mirar hacia atrás sin caer en la repetición. Muchas de estas bandas regresaron con repertorios que dialogan con un presente social distinto y con un público que aprendió a nombrar emociones que antes se evitaban.

En ese escenario, My Chemical Romance ocupa un lugar especial. Su espectáculo mantiene elementos teatrales que fueron distintivos desde “The Black Parade”: narración visual, estructura casi de obra, y una lectura política que nunca estuvo en primer plano, pero que aparece en temas relacionados con identidad, salud mental y cuestionamientos al poder. La banda no se presentó como portavoz de una causa, pero sus canciones construyeron un espacio donde esas reflexiones fueron posibles sin necesidad de manifiestos explícitos.

Hoy, cuando la música en vivo se mueve entre la tecnología y la búsqueda de experiencias inmersivas, su puesta en escena conserva una forma de ritual colectivo. El público no solo asiste a un concierto: participa en un relato que cambia según el contexto, pero que sigue funcionando como espacio de desahogo emocional. Esa es, quizás, la razón por la cual su retorno no se siente como una repetición del pasado, sino como una conversación interrumpida que vuelve a tomar fuerza.

El próximo 10 de febrero, Bogotá será testigo de ese encuentro, uno más en la lista de reencuentros que han marcado el regreso de una banda que, sin proponérselo, terminó representando una manera particular de entender lo que la música puede provocar cuando decide tomar el camino del relato.

SONIDOS Y SILENCIOS

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